Otra posible interpretación del universo
A partir de notas de febrero de 2023
Una intuición sobre agujeros negros, universos que nacen en su interior y un cosmos que se repite a distintas escalas.

Hay ideas que no nacen necesariamente de una demostración, sino de una intuición. A veces aparecen al observar ciertas formas que se repiten en la naturaleza, al conectar conceptos que en principio parecen lejanos o simplemente al imaginar qué podría haber detrás de aquello que todavía no comprendemos del todo.
Esta es una de esas intuiciones. No pretende ser una teoría ni una explicación científica del universo, sino una forma posible de imaginarlo.
Quizás, dentro de cada agujero negro, se forma una nueva instancia del universo.
Una estrella muere, colapsa y concentra una enorme cantidad de materia hasta alcanzar un punto extremo. Tal vez exista allí una cantidad precisa de materia —y posiblemente alguna otra condición que todavía desconocemos— a partir de la cual pueda originarse un nuevo universo.
Una especie de número fundamental: el punto exacto en el que algo deja de colapsar hacia adentro y, desde otra perspectiva, comienza a expandirse.
Después de su nacimiento, el agujero negro continúa absorbiendo materia. Desde el universo que se encuentra en su interior, esa materia podría manifestarse como nueva materia apareciendo en diferentes regiones, alimentando así su expansión.
Y si el tiempo es relativo, la velocidad con la que el agujero negro incorpora materia desde afuera no necesariamente tendría que alterar la secuencia de acontecimientos dentro del nuevo universo. Para quien lo habita, todo podría desarrollarse como una línea temporal continua.
Si esto fuera así, podría incluso imaginarse que cada nuevo universo comienza bajo condiciones similares: una misma cantidad inicial de materia, unas mismas reglas fundamentales y una sucesión de acontecimientos que, al menos en principio, podría repetirse.
Aparecería entonces una dualidad que recuerda a otras que encontramos constantemente en la naturaleza.
De un lado, un agujero negro: materia que colapsa, oscuridad, concentración.
Del otro, un Big Bang: materia que se expande, luz, dispersión.
Dos caras de un mismo fenómeno. Algo parecido al Yin y el Yang: aquello que desde un lado parece un final podría ser, visto desde el otro, un comienzo.
Podríamos llevar esta intuición un poco más lejos.
Sabemos que las galaxias se separan unas de otras y que en el centro de muchas de ellas existen agujeros negros supermasivos. Tal vez aquello que llamamos “universo” pueda pensarse, en otra escala, como algo contenido dentro de los límites de una galaxia.
Con el paso del tiempo, el agujero negro central podría continuar incorporando la materia de esa galaxia mientras, en su interior, se desarrolla un nuevo universo.
Desde esta perspectiva, incluso la luz que atraviesa el horizonte de un agujero negro podría continuar su recorrido dentro de ese nuevo espacio.
Entonces aparece una posibilidad todavía más extraña: ¿y si nuestro propio universo estuviera contenido dentro de un agujero negro?
Nuestra Vía Láctea podría ser, desde nuestra perspectiva, el universo que habitamos, mientras que aquello que observamos más allá podría pertenecer a niveles externos de una estructura mucho mayor.
Las galaxias que vemos podrían existir fuera de nuestro propio “universo-agujero negro”. Y algunas de ellas podrían, a su vez, pertenecer a estructuras contenidas dentro de otras aún mayores.
Una sucesión de capas: agujeros negros dentro de universos, universos dentro de agujeros negros.
Una especie de estructura recursiva del cosmos.
Las observaciones recientes de telescopios como el James Webb, que han revelado galaxias extremadamente antiguas y sorprendentemente desarrolladas en etapas muy tempranas del universo observable, invitan también a preguntarnos cuánto comprendemos realmente acerca de sus primeros instantes.
Quizás algunas de las cosas que observamos no sean solamente lugares distintos, sino también distintas etapas de una misma estructura.
Si cada agujero negro da lugar a un universo bajo condiciones semejantes, entonces tal vez aquello que vemos a enormes distancias sea, de alguna manera, el mismo universo atravesando diferentes momentos de su existencia.
Y mientras observamos hacia afuera intentando entender de dónde venimos, en el centro de nuestra propia galaxia podría estar ocurriendo exactamente lo contrario: la lenta formación de otro universo.
Un universo que algún día contendrá la materia del nuestro.
Un nuevo comienzo nacido dentro de aquello que, desde aquí, interpretamos como un final.